El arte de contar historias

Manuel de FALLA
Fanfare pour une fête
(primera vez por la OCG)
Claude DEBUSSY
Prélude à l’après midi d’un faune (arr. de Manuel de Falla)
Francis POULENC
Concert champêtre para clave y orquesta
Maurice RAVEL
Ma mère l’oye (Cinco piezas infantiles)
  • SILVIA MÁRQUEZ
  • clave
  • Lucas Macías
  • director
ENCUENTROS MANUEL DE FALLA (Dedicado a Genoveva Gálvez)
La muerte de Claude Debussy silenció al mundo musical. Incluso París, la ciudad del desenfreno más acelerado, de los clubes nocturnos con sabor a pipa de cáñamo y las borrascas de opiáceos saliendo por ventanas y celosías, fue víctima de tal conmoción. Manuel de Falla siempre mantuvo una relación especial con él. La devoción era mutua. Falla admiraba la forma en la que Debussy había entendido la esencia de la música española, nutriéndose única y exclusivamente de cuadros y lecturas, mientras que Debussy no dejaba de sorprenderse de la capacidad de Falla para transportar el exotismo popular al lenguaje de lo que en aquellos momentos seguía llamándose Gran Música. La Fanfare pour une fête de Falla parece augurar un futuro musical que ya se olisqueaba entre los dedos de Stravinski. Una pieza breve en donde las trompetas del Apocalipsis intuyen un sonido perdido. Suena a guerra entre los muros. Suena a su Granada querida en tiempos de taifas. Es música de vencedores y vencidos, etérea pero solemne, que cala lluvias y desemboca en tempestades. Para Debussy, su Prélude à l’après midi d’un faune siempre fue un claro ejemplo de cómo la música evoca alma en vez de crear revuelo. Los versos simbolistas de Mallarmé se pintaron de notas y armonías, generando así una atmósfera onírica en la que el fauno se deja engatusar por la magia de ninfas y náyades. Lo neoclásico estaba a la vuelta de la esquina, y la década de los años veinte lo sabía. Francis Poulenc descubrió en el barroco un mapa musical que le permitía transformar las salas de concierto en grandes veladas estilo Versalles. En su Concert champêtre, el clave se enfrenta a la orquesta. Parece echarle en cara todos aquellos años de soledad, de inconformismo. El piano ganó la batalla sonora y el clave quedó relegado, cediendo parte de su repertorio al instrumento de las ochenta y ocho teclas. ¿Qué hay más exótico que un viaje al pasado? Un viaje al pasado de una realidad ficticia. Eso es lo que pensó Maurice Ravel cuando compuso Ma mère l’oye. Cinco cuentos en forma de música que viajan a tierras lejanas, en las que la magia y la brujería dejan asombrados a niños que sueñan con poder volar. El jardín de las hadas, la bella durmiente, las aventuras de Pulgarcito o el increíble castillo de la Bella y la Bestia emanan de los sueños infantiles que un sutil Ravel pone en música gracias al buen arte de contar historias. Texto: Nacho Castellanos Foto: Joaquín Clares