Carmina Burana

Carl ORFF
Carmina Burana
(primera vez por la OCG)
  • TERESA VILLENA
  • soprano
  • JOAQUÍN ASIÁIN
  • tenor
  • TONI MARSOL
  • barítono
  • JOVEN ACADEMIA DE LA OCG
  • CORO DE LA OCG
  • Héctor E. Márquez, director
  • COROS PARTICIPATIVOS
  • Lucas Macías
  • director
Aquelarre goliardo Los mantras nos acompañan desde siempre. Son fantasmas que vagan por nuestro subconsciente y reaparecen en el lenguaje de los pensamientos en el preciso instante en que los necesitamos. No hay forma de evitarlos. Siempre están ahí. Y, de alguna manera, siempre estuvieron. Si echamos la vista atrás y dejamos que los surcos de la historia nos permitan ver algo de lo que ocurrió, ya desde tiempos inmemoriales, existe una atracción natural por esos cantos de celebración, himnos de guerra, festivos o lamentosos, que sirvieron como mantras eternos para generaciones pasadas. Los goliardos, esos clérigos medievales dados a la buena vida, también celebraban con mantras sus vicios perversos. Y lo mejor de todo es que estos cánticos de celebración quedaron recogidos en el Códex Buranus o Carmina Burana. Aunque los libros y manuscritos se pierdan, siempre hay alguien que los encuentra para hacer de sus palabras un referente propio de un momento social. El siglo XIX resucitó estos cánticos lascivos y el XX los transformó en universales. En 1935, Carl Orff comenzó la composición de una cantata para orquesta y coro basada en veinticuatro textos y melodías del manuscrito goliardo. Sin saberlo, Orff iba a componer una de las piezas más interpretadas en el siglo XX pero, por ende, la única por la que sería recordado. Neutral frente a la Alemania nazi, el compositor bávaro, pluma en mano, trazó un aquelarre de sonidos y melodías apocalípticas en donde todos los participantes de este ritual debían subyugar su cuerpo y alma al trance del mantra goliardo. Solistas con tesituras imposibles, una fervorosa percusión que alienta a la catarsis y un inmenso coro cuyas voces hierven la sangre de vivos y muertos. La cantata del pecado, de la lujuria, cuyas melodías respiran aire inmortal, capaz de transformarse en mantras eternos una vez escuchadas. No hay forma de escaparse a sus encantos. Es una obra diseñada para cautivar, un mantra creado para acompañarnos. Texto: Nacho Castellanos Foto: José A. Albornoz