Verbum dimissum

Ígor STRAVINSKI
Pulcinella
César FRANCK
Las siete palabras de Cristo en la Cruz
(primera vez por la OCG)
  • BERNA PERLES
  • soprano
  • JOSÉ LUIS SOLA
  • tenor
  • VÍCTOR CRUZ
  • barítono
  • CORO DE LA OCG
  • Héctor E. Márquez, director
  • Víctor Pablo Pérez
  • director
El horror de la Gran Guerra ya había cesado. Las ruinas y el olor a tierra quemada eran más fuertes que los vítores del recién firmado Tratado de Versalles, pero Europa quería sumergirse en la magia de los años veinte. Dejar atrás la sangre y el conflicto para construir una década de luces, frente a un futuro de terror y sombras. Stravinski huyó de París tan rápido como pudo. Llegó a Suiza, que siempre permaneció neutral, y bañado en una atmósfera rural y contemplativa, esperó a que el destino le dictase cuál sería el siguiente paso a seguir. No tardó en hacerlo, y a los pocos meses de llegar, el empresario musical por antonomasia, Sergei Diaghilev, quiso contar de nuevo con su estrella rusa para un ballet que en este caso tendría como temática principal la commedia dell’arte napolitana. Así surgió Pulcinella, la historia de un Casanova italiano que, a diferencia de nuestro Don Juan, consigue burlar a la muerte para finalmente arreglar sus desvaríos amorosos pasando de la lascivia de Zeus a la reconciliación de Cupido. Incluso Pulcinella encuentra el amor de verdad, el que siente y no padece, el que ama y no escarmienta. Un ballet con voz, con voces que desde el foso nos narran venturas y desventuras humanas y ficticias, tan verosímiles como incomprensibles. Pulcinella fue un éxito del que Stravinski pudo ser protagonista. Sin embargo, César Franck no tuvo la misma suerte con sus Siete palabras de Cristo en la Cruz. Su partitura desapareció en vida y fue descubierta noventa años después de su muerte entre las infinitas baldas de la biblioteca de la Universidad de Lieja. Una obra poco interpretada, aún ajena al gran repertorio pero cuya historia desconcierta a los eruditos que deciden estudiarla. El misticismo de Cristo en la Cruz antes de exhalar por última vez recoge esa unión entre mundos, entre lo terrenal y lo espiritual, entre la muerte y la vida, desdibujando los límites de nuestra realidad para crear un atmósfera de sonoridades arcaicas, con armonías contrarias que reflejan el éxito de la vida eterna. Stravinski lo disfrutó cuando su corazón aún latía. Franck tuvo que esperar paciente a que fuesen otros quienes lo hicieran por él. «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Texto: Nacho Castellanos Foto: Isabel Permuy