La canción de la Tierra
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Gustav MAHLER
Sinfonía núm. 10 (Adagio)
Gustav MAHLER
Das Lied von der Erde (La canción de la tierra)
- CATRIONA MORISON
- mezzosoprano
- BENJAMIN BRUNS
- tenor
- Joven Academia de la OCG
- (Taller orquestal OCG – Real Academia de Bellas Artes de Granada)
- LUCAS MACÍAS
- director
Colabora Fundación Caja Rural Granada
En sus últimos años, Mahler se enfrenta a una profunda crisis personal y artística. La muerte de su hija María, el diagnóstico de una dolencia cardíaca incurable y las tensiones en su matrimonio lo sumieron en una dolorosa introspección. Es en este contexto en el que escribe las dos obras que cierran el festín mahleriano de la Orquesta Ciudad de Granada y su titular, Lucas Macías. Dos obras sacudidas por el dolor, que condensan la melancolía, sabiduría tardía y deseo de trascendencia que marcan y enmarcan el Adagio de la inconclusa Décima Sinfonía y La canción de la Tierra.
El Adagio es un fragmento de enorme intensidad emocional, algo ya presente en sus primeras notas, con ese acorde disonante que impacta de lleno en el alma del oyente. Música contenida, lenta y solemne, que parece debatirse entre el dolor y la esperanza. El uso del contrapunto y la densidad armónica reflejan la lucha interna del compositor. Todo culmina y concluye en un clímax desgarrador, en el que una disonancia brutal parece gritar ante el abismo antes de disolverse en resignado silencio.
Como contraste, La canción de la Tierra transcurre en un mundo más abstracto. Data de 1908-1909, y en ella Mahler combina la sinfonía y el ciclo de canciones, para las que recurre a antiguos textos adaptados de la poesía china clásica. Seis movimientos en los que dos voces solistas -tenor y una contralto o barítono- meditan sobre la vida, la belleza efímera de la naturaleza y la inevitabilidad de la muerte. El último movimiento es un milagro: “Der Abschied” (La despedida). 25 minutos especialmente conmovedores. La melodía queda suspendida en el tiempo, envuelta en una orquestación diáfana y silencios significativos. La palabra “Ewig” (“eternamente”) se repite como un susurro final, hasta desaparecer lentamente. Como si Mahler mismo se desvaneciera en la eternidad.