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LA OCG ES MIEMBRO
DE LA ASOCIACIÓN
ESPAÑOLA DE ORQUESTAS
SINFÓNICAS (AEOS)
y miembro
fundador de la Red
de Organizadores
de Conciertos
Educativos (ROCE)

el concierto
(la otra historia)
 

Tan claramente demarcado como el antes y el después de Cristo, para nosotros los músicos también existe el antes y el después del concierto.
Por la tarde, me siento de hule, luego espuma disolviéndose a soplos de miedo. Tanto me creo artista como rata acorralada (soy reversible). Las horas previas son de hojaldre. Da miedo hasta moverse. Me atormenta un temor ridículo, ¿y qué temor no lo es?, de que el hilo de la memoria se corte como un collar y las perlas musicales se desparramen en mi mente y entonces se plante frente a mí el vacío de la memoria, pesadilla recurrente del músico.
Los rituales: nada de café ni de sexo. La patita de conejo en el bolsillo del frac es im–pres–cin–di–ble.
Al entrar en el camerino veo a los colegas pavoneándose, lustrosos, pirueteando Paganinis. Les gotea el alma por los dedos. Todos ocultan con decoro su terror al auditorio. Sin embargo huele a rosario, a ¿por qué yo?
y sobre todo a ¿es necesario?
Un rayo atraviesa mi espina dorsal, han dado la señal para entrar al escenario, mi glamoroso infierno. Cómo me gustaría guardarme en el estuche con el chelo hasta el próximo concierto.
Efectuamos una salida parsimoniosa, de efecto. Aplausos por doquier. Muchos ojos nos observan, la mitad con rimel.
Ciento veinte intérpretes logran ponerse de acuerdo en un la magro, tieso.
Somos pastores de música, sacaremos los sonidos a pastar. El director es el perro ovejero. El público se encargará de trasquilar a esas criaturas frondosas y ciertas.
El director baja la batuta: la música no comienza, continúa.
Pincelamos diáfanas capas de sonidos. Unas sobre otras envuelven a la gente, parecen orugas de nácar.
Los miembros de la orquesta, y yo con ellos, ¡qué orgullo!, se mueven en sus
asientos con misteriosa coordinación, igual que algas ondulantes en el fondo del mar. ¿Sentimiento colectivo?
La sinfonía termina. Piden más. ¡Otra, otra, bis!
El director esboza una opaca sonrisa. La misericordia está aquí fuera de lugar. Abofetearemos a la muchedumbre a acorde crudo. Les estropearemos su sosiego, embetunándoles los oídos con un popurrí de cantinelas sin freno, ¡y quién les manda a venir! El director, con la batuta–rodillo los amasa a capricho, los evoluciona. El plasma sanguíneo está de marea alta, el público se olea por dentro.
Una pausa general, un respiro, y vemos entonces alzarse lentamente
y caminar al animal megalítico, la robusta columna melódica, partiendo
de los contrabajos y trombones y avanzando imperturbable en bloques paralelos de terceras.
Los chelos se desmigajan a tresillos. A ellos se acopla el grupo de las lúgubres violas, los gatos negros de la orquesta.
Veinticuatro ya impacientes, arrebatadísimos violines, aúllan erizados, resaltando los claro–oscuros de la obra. Cuando se han desahogado lo suficiente, se consolida una alfombra armónica, y sólo entonces se hace sentir la tersa melodía de un oboe, serena, intensa, dejando expuesta la sempiterna pregunta. Las respuestas podrían ser muchas. Esta vez, como en tantas otras ocasiones, es un sí al unísono. Un incisivo flautín es la cereza que corona este bizcocho armónico. Ahora estamos todos juntos, amalgamados y contentos a más no poder. Somos un tremendo coágulo sonoro.
El director va marcando el decrescendo final, el descenso. El chelo es entonces el tallo que me sostiene.
Un silencio como una cicatriz atraviesa el auditorio de lado a lado.


Isabel Mellado (violinista de la OCG)
“El concierto (la otra historia)”
pertenece al libro de cuentos El perro que comía silencio
(Editorial Páginas de Espuma, 2011)

 

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